La semana más difícil de Andrés
Andrés tiene 12 años y reprobó un examen que había estudiado mucho. Sus amigos lo evitaban porque "estaba de mal humor". Se sentía torpe, invisible y convencido de que no era lo suficientemente bueno para nada.
Su papá lo invitó a caminar sin hablar del examen. Solo caminaron. Después de un rato, su papá le preguntó: "¿Cuándo fue la última vez que fallaste en algo y lo superaste?"
Andrés pensó. Recordó cuando aprendió a andar en bicicleta — se cayó tantas veces que sus rodillas quedaron en carne viva. Pero siguió. Recordó cuando le temía hablar en público y tuvo que exponer en clase y lo logró. Recordó cuando defendió a un compañero y le costó una amistad, pero sabía que había hecho lo correcto.
"Ahí está", dijo su papá. "Todo eso ya está dentro de ti."
Andrés no necesitaba escuchar que era inteligente o especial. Necesitaba recordar que ya había superado cosas difíciles antes — y que eso era una promesa de que podría hacerlo de nuevo.
La confianza verdadera no viene de que alguien te diga que eres capaz. Viene de recordar las veces que ya demostraste que lo eres — aunque en ese momento no lo sintieras así.